Por equipo de redacción Multimedios – GPI.
Imagen creada con IA.
Sequías más prolongadas, olas de calor persistentes y transformaciones productivas aceleradas están redefiniendo el mapa agrícola chileno. Mientras la inteligencia artificial, los sensores y las plataformas satelitales permiten optimizar decisiones en tiempo real, el clima obliga a los productores a replantear sus territorios, métodos y capacidades. La evidencia científica y los datos económicos coinciden: 2026 es un año decisivo.
La agricultura chilena entra en 2026 tensionada entre dos fuerzas que avanzan en direcciones opuestas, por un lado, un clima más extremo y errático; por otro, un salto tecnológico que promete eficiencia y resiliencia sin precedentes. Datos de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (ODEPA) muestran que entre septiembre de 2025 y enero de 2026 las exportaciones agroalimentarias alcanzaron US$ 5.189 millones, un 10% más que la temporada anterior. El 72% de ese valor correspondió a fruta fresca, impulsada por un sector que sigue expandiéndose. Según el Catastro ODEPA–Ciren, Chile suma 383.354 hectáreas de frutales, con un crecimiento anual promedio del 2,2% en los últimos cinco años.
Pero ese dinamismo convive con un territorio cada vez más hostil. El Boletín Agroclimático 2025 de la Dirección Meteorológica de Chile registró un año “muy seco” en gran parte del país. Y para comienzos de 2026, la persistencia del fenómeno La Niña, con un 75% de probabilidad de transición hacia fase neutra según la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA), mantiene la incertidumbre sobre el próximo ciclo productivo.
Tecnología, ciencia y un nuevo modelo agrícola
En este escenario, la tecnología dejó de ser futurismo. El reporte internacional From hype to physical intelligence, difundido por World Agri-Tech, plantea que la inteligencia artificial, la robótica y la biotecnología están reconfigurando la agricultura global. Esa transformación ya se siente en Chile.
“El uso de plataformas digitales que integran información satelital, de suelo y clima permite entregar recomendaciones de riego más precisas. Con esta tecnología hemos logrado ahorros de agua de entre 30% y 50% en riego por goteo”, explica el Dr. Samuel Ortega Farías, director del Centro de Investigación en Riego y Agroclimatología (CITRA) de la Universidad de Talca Universidad de Talca.

El investigador subraya que el desafío hoy no es solo tecnológico:
“Tenemos mucha tecnología disponible, desde sensores automáticos hasta plataformas satelitales conectadas. Pero una de las limitaciones es la capacitación. Muchas veces se compran equipos que no se usan de forma apropiada”.
Samuel Ortega.
Y agrega que los fenómenos climáticos ya están modificando la geografía productiva del país: “La fruticultura se está moviendo hacia el sur. La zona central podría convertirse en subtropical, pero el problema seguirá siendo la falta de agua”.
Además, el Dr. Ortega recuerda que la intensidad de eventos extremos está aumentando: “Tenemos sequía, olas de calor y precipitaciones muy concentradas, fenómenos más breves, pero más intensos, y que causan más daño. Incluso cultivos bien regados entran en estrés cuando las temperaturas superan los 34 o 35 grados”.
Adaptación productiva y transferencia tecnológica
La necesidad de adaptación también marca la hoja de ruta del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA), donde el director nacional, Carlos Furche, advierte que “la menor disponibilidad de agua es hoy el principal factor de riesgo para la producción agrícola”. En su evaluación, el foco de la innovación debe ser práctico y directo:
“Los avances en variedades más tolerantes al estrés hídrico y térmico, además del manejo de suelos, permiten estabilizar rendimientos y reducir pérdidas. No eliminan la incertidumbre climática, pero mejoran la supervivencia de los sistemas productivos”.
Carlos Furche.
La agricultura enfrenta un escenario de mayor variabilidad climática y menores márgenes de error. Por eso las prioridades son la gestión hídrica, la adaptación de los sistemas productivos y el mejoramiento genético. El director de INIA enfatiza que el desafío real ocurre fuera de los laboratorios: “No basta con generar conocimiento; hay que acelerar su adopción. La transferencia tecnológica es clave, especialmente para la pequeña y mediana agricultura”.

Competir en un mundo más cálido
En medio de estos desafíos, la economía también empuja al sector. El intercambio comercial del país alcanzó US$ 18.041 millones en enero, según la Subsecretaría de Relaciones Económicas Internacionales SUBREI, con datos del Banco Central de Chile y del Servicio Nacional de Aduanas. Mantener ese impulso dependerá de cuánto logre el agro adaptarse al nuevo clima y a las nuevas exigencias tecnológicas.
2026 no será un año más, obligará a elegir entre adaptarse, migrar o quedar atrás. Para algunos productores, significará modernizarse; para otros, cambiar de territorio; para todos, incorporar ciencia y tecnología como parte de un nuevo modelo agrícola. En un país donde el clima ya no da tregua, lo que sí crece es la urgencia de innovar.







